La Isla de los Vientos, fotografías y relatos.

4 de Abril de 2013

Estamos abocados a proteger y a no resignarnos frente a la desaparición de la parte más instintiva de nuestra naturaleza. A enfrentarnos a la hegemonía de la razón y de las personas útiles. A creer sin condiciones en lo indecible, lo inexplicable, en todo lo que a priori no produce, en el tiempo del caracol y el reloj del mar. Son estas experiencias las que sostienen nuestra humanidad más allá de las personas como engranajes.

La colección de fotografías, relatos y la película documental La Isla de los Vientos, rescata instantes, personajes y paisajes heridos. En ocasiones, tristemente condenados. Los últimos, los que crecen en territorio de nadie, precisamente invisibles por cotidianos y vulgares.

La historia de un universo que transcurre en dos calles y una playa a la orilla de La Bahía de Cádiz, La Casería de Ossio, y el viaje a la infancia y la soledad que tan a menudo la acompaña y lastima.

Por eso cuando dices huerto, árbol, casa u orilla, estás hablando de niños con los puños cerrados sobre las semillas, de hombres que crecieron en la mar, de madres, de viajes y muertes. Estás hablando de anhelos, reencuentros, carreras y pérdidas. Hablas de paz, y de todo envuelto en un silencio de caracola y jilguero, de suspiro de sueño tras un beso. De llanto y desconsuelo frente al terrible equilibrio de la vida.

 

EL MAGO. El mago ocupó entonces cada uno de los extremos de la enorme palestra. En uno de ellos su presencia fue la de un niño desnudo frente a la inmensa formación militar. En el contrario apareció como un descomunal minotauro, mirando al frente, erguido y resoplando humo por los hocicos de toro, pero mostrando sin embargo una pacífica serenidad frente a la marea de mujeres y hombres que le juzgaban en frente.

 

CARBÓN. Pregúntame por mi historia - parecía decirte mi sueño. Por la patria a la que pertenezco más allá de este instante y que aun no consigo situar en el mapa. Comencé a comer aquellos minerales de las entrañas de la tierra, y tal vez de los más profundo y valioso de mi alma. Los comí con tanta ansia que llegó un momento en el que me encontré con la boca completamente llena, sin espacio para masticar. Me ahogaba.

 

LA CANTAORA. La cantaora se arrancó por aquella soleá que dice "fuí piedra, perdí mi centro y me arrojaron al mar..." Mientras cantaba para afuera, para sus adentros rezaba aquella plegaria que aprendió cuando era niña. “Santa Bárbara bendita, que en el cielo estás escrita con papeles coloraos, lleva esta tormenta para otro lao, donde no halla era ni vera, ni flor de tomillo, ni canten los gallos, ni lloren los niños”.

 

EL SUEÑO DEL VIEJO Y EL MAR. Si al llegar a aquella casa tuve la sensación de que en ella reinaba mi propio orden y equilibrio, al ver aparecer las tres horcas en el estanque del jardín sentí un miedo triste. Observé sin moverme las maniobras de las ballenas rodeadas de cientos de leones marinos.

 

EL EQUILIBRIO. Recuerdo haber llegado alguna vez a ese país del que me hablas. Lo hice portando una balanza de dos platos como símbolo del equilibrio, y no tardaron en desechar la utilidad del nuevo artilugio. Tras realizar una prueba, protestaron por el enorme esfuerzo que suponía mantener aquel equilibrio una vez dividida la materia .

- ¡Se trata de un planteamiento inútil y sobre todo peligroso! - sentenciaron sus habitantes - nace de la escisión, la distancia, la soledad de los cuerpos obligados a vencerse unos a otros, luchando por alcanzar un equilibrio único.

- Todos estuvieron de acuerdo, así que fundieron la balanza y la transformaron en una esfera dorada y maciza.

 

EL EXTRANJERO SIN NOMBRE. El extranjero sin nombre habló por primera vez desde que emergió de las profundidades del misterio, y dijo para sí - Paz...

- Quedó todo envuelto en un lindo silencio de caracola y ruiseñor, de suspiro de sueño tras un beso.

Abrió lentamente los ojos posándolos en el vuelo de aquella palabra y lloró desconsolado frente al terrible equilibrio de la vida. La tierra se creó en cada una de las dos lágrimas que temblaban en sus pupilas azules. El extranjero sin nombre parpadeó y lo perdió todo, los dos mundos le abandonaron por completo y volaron en mil fragmentos de lágrima en el aire.

 

EL ECO. Una tarde, en el inolvidable barrio de La Casería, Moncho miró al horizonte desde su azotea azul y gritó.

Junto a él se encontraba su hijo Moisés. Moisés fumaba y miraba al horizonte y a su padre. Entonces Moncho, con los ojillos ligeros sobre el relente, le preguntó.

- ¿Recuerdas Moi, cuando aquí había eco?

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