EL TEATRO

15 de Abril de 2013

Era un hondo silencio de siglos, sin martillos ni turbinas, de ladridos y chubascos. Llovía y la lluvia era la única certeza.

Todas las puertas se abrían de par en par y la gente ocupaba hasta el último rincón de aquel teatro, un enorme recinto sin ángulos rectos. Muchos fumaban y otros alentaban pequeñas hogueras para calentar mate, té o café. El humo danzaba dibujando haces de luz de tejados rotos, cristales quebrados y ausencia de tablas en las paredes. Del escenario no llegaba diálogo de actores ni música, solo un silencio abrazado por el rito.

Afuera la lluvia caía serena, el dolor vestía de blanco asomado a los balcones, la huida tropezaba con todas sus pérdidas en cada esquina y el miedo no se reconocía en su desamor.

Aquel teatro era una niña huérfana, de piel blanca  y con el alma perpleja tras dos ojos escritos por un anhelo de cuna. Terriblemente amables. En su pecho se amamantaba toda la humanidad.

Entonces, todos los hombres y mujeres que llenaban el teatro se escucharon con claridad hermana. Grabaron en sus corazones el murmullo de las hojas diciéndose adiós antes de caer sobre el otoño, y el misterio de la tierra abriéndole caminos a las semillas y a la muerte. Sobre el escenario se erguía un viejo bosque de araucarias, eran los últimos árboles de la tierra.

Desperté pensando en los viajes de Cádiz a La Isla. Cómo agradezco al destino la avería del coche y aquellos trayectos mirando La Bahía por la ventana del tren. Los barcos dormidos, el río Arillo en la bajamar serpenteando hacia su muerte, las costillas de los últimos candrays salineros, la sal, la tarde, el mar. Los esteros abandonados, eternos y flanqueados por hierba y flores, como las vías de los trenes de mi niñez. La puerta de la salina de Dolores. Realizaba esos trayectos herida de muerte y acompañada de Ernesto Sábato, de La Resistencia. En ese tren viajé hasta La Patagonia, justo al lugar donde la última hilera de árboles resiste al desierto. Tumbados y retorcidos por el viento, me aferré a uno de estos centuriones y me abandoné a un llanto de ida y vuelta.

 

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